
El altar, parte de la exhibición de la artista visual Jomary Ortega, residente del encuentro. Imagen: Sthephanie Ríos.
Con machete en mano, botas de goma y un collar de cuentas, Joma llegó al recinto de Río Piedras directamente de cosechar enea en los humedales de Santa Bárbara, Canóvanas. Verla descargar esos mazos verdes en el Centro de Estudiantes me produjo una sensación de transgresión; su práctica ancestral parecía dislocada en aquel espacio universitario. Así comenzaba su residencia artística en el segundo Encuentro Puertorriqueño de Gestión Cultural.
Un encuentro sostenido, como este de cuatro días, se basa en la interacción social como experiencia recíproca que construye sentido (Simmel, Weber). Frente a un mundo que privilegia la instantaneidad y el contacto efímero (Bauman), elegir encontrarse para pensar la cultura es ya un acto de resistencia, especialmente, en un cotidiano que regula roles y asigna instrumentalismos condicionados al acto simple de hacer ciudadanía (Wolf). Este encuentro, en particular, no era un simple intercambio de ideas, sino una afirmación colectiva: en medio de la crisis polisémica que caracteriza a Puerto Rico (Koselleck), dedicar tiempo al pensamiento crítico es un acto político, especialmente dentro de una universidad pública asediada por la austeridad, donde el “tiempo para pensar” suele ser el primer recurso sacrificado. Aquí, sin embargo, el tiempo se reclamaba, se estiraba y se compartía.
El primer día, cargada de paquetes, flores y canastas, yo misma era un obstáculo ambulante en la acera frente a la Biblioteca Lázaro. El casi choque con un hombre alto, ese titubeo cómico de no saber por qué lado pasar, se resolvió con una sonrisa y un “¿Bailamos?”. Este microencuentro, tan ordinario y a la vez tan revelador de nuestra coreografía urbana, fue el preludio perfecto. Más tarde, al inicio formal del evento, me reencontré con él en la puerta. En ese momento liminal, Jomary cruzó la multitud en silencio, salvo por el sonido áspero de la enea arrastrándose por el piso. Con una caneca de ron en mano, santiguó el umbral soplando un trago en un gesto que era a la vez ofrenda y purificación. El acto creó una fisura en la realidad: de repente, el aire olía a humedal ancestral y no a detergente de piso. Era una dislocación poderosa y necesaria, una conexión con lo ancestral que transgredió deliberadamente el espacio moderno y académico.

El Centro de Estudiantes de la IUPI habitado por la enea. Cosechada por la artista en los humedales de comunidades que retienen las historias de sus aguas y de su gente. Islote, Martín Peña, Potala y Santa Bárbara, asentamientos valientes que resisten, desde sus geografías bellamente vulnerables, el paso del tiempo y su aceleración. Una vez la enea fue desplegada, el proceso de trenzar cabuya inició de forma participativa con el público. Imagen: Sthephanie Ríos.
Al ingresar, me presenté. Solo entonces supe que era Luis Fernando Coss, una leyenda del periodismo puertorriqueño. La sorpresa inicial, ese reconocimiento de mi propio desconocimiento, se transformó rápidamente. Recordé a Todorov y su advertencia sobre cómo el “descubrimiento” del otro suele implicar el borramiento de su existencia previa. En esa acera compartida, Coss no era el periodista ilustre para ser descubierto; era un transeúnte con quien bailé un paso torpe. Decidí, entonces, entregarme a la espontaneidad genuina de lo que siguiera, aceptando los encuentros como venían, sin la carga que implica el deber de saber quién es quién.
El evento fue un ecosistema perfecto de lo programado y lo casual. Junto a conferencias magistrales, decenas de ponencias y talleres meticulosamente organizados, surgieron cientos de cafés compartidos y conversaciones que nacían en los pasillos y se extendían hasta el estacionamiento. La estructura creaba el contenedor, pero la vida ocurría en los intersticios. Uno de esos momentos fue reencontrarme con Amaury, un amigo de la adolescencia a quien no veía desde los quince años, ahora artesano, en medio de su mesa de trabajo. No hubo necesidad de ponencias; el abrazo fue elocuente. La cuidadosa curaduría del equipo de trabajo, sin miedo a lo programado ni a lo casual, había creado, precisamente, un lugar común lo suficientemente fértil para que lo aleatorio, ese tejido de coincidencias y reencuentros pudiera brotar y trenzar sus propias esperanzas.
Reconociendo a quienes fundaron el programa, un homenaje sorpresa abrió las actividades. Mareia Quintero, mi antigua profesora y ahora colega, subió al estrado visiblemente conmovida. “Llevamos trabajando mano a mano en equipo, y esto nunca estuvo en los planes”, confesó. Su humildad, una constante en quien ha formado generaciones de gestores culturales, contrastaba con la enormidad de su legado silencioso. Uno de sus interlocutores más constantes, el académico peruano Víctor Vich, abrió el encuentro hablando del arte como herramienta crítica para examinar nuestra relación, muchas veces conflictiva, con la naturaleza. El profesor de Bellas Artes y artista visual Alejandro Quinteros, paisano de Vich, le interpeló desde lo explícito: “¿Qué es la naturaleza?” Mientras la reflexión encaró hacia la desvinculación, a través del cristal de la sala se veía a Jomary en su altar, un epicentro de vínculo. Estaba, por turnos, en estado meditativo o en movimiento ceremonial: reubicando semillas, prendiendo velas, rociando agua sobre los montículos de enea. Su práctica era la respuesta tácita, encarnada, a la pregunta teórica.

Cuerpo en fibras, pronto un serrucho para cortar los cabos y seguir con el trenzado. Jomary parecía perderse por momentos entre las capas del mazo. Imagen: Sthephanie Ríos
Reflexioné en voz alta sobre la dificultad casi quimérica de vivir al ritmo de la naturaleza, de cultivar una relación tan dedicada y singular como la del Principito con su rosa. Tras la charla, Raúl, un estudiante del programa para personas confinadas, se me acercó. “Nosotros allá adentro hacemos tiempo”, me dijo, transformando el verbo de pasivo a activo, de recurso escaso a acto creativo. Su frase me resonó mientras caminaba, aún estimulada por las imágenes de los helechos itinerantes de Lucía Monge y la rosa del cuento. En ese estado receptivo, me topé con el padre de Mareia, el Maestro “Chuco” Quintero. En una clase espontánea de apenas minutos, sus dedos marcando la clave en el aire, me habló de cómo este ritmo esencial de la salsa configura un “tiempo propio”: un tiempo social capaz de contener simultáneamente la memoria histórica que nos condiciona y la alegría creativa de nuestras prácticas culturales que nos permite autoimaginarnos y representarnos (Quintero). En sus palabras, encontré el eco de la reflexión de Raúl: el tiempo es también nuestro, hay que seguir aprendiendo a gozarlo, a resignificarlo.
Como en todo buen encuentro, se habló de problemas atemporales bajo la luz emergente del presente: la falta de necesidades básicas, el racismo estructural, la violencia de género, los desafíos socioeconómicos de la comunidad LGBTQIA+, el desplazamiento. Quedó claro, en la convergencia de tantas voces críticas, que no existe, y quizás no puede existir, un cobijo estatal equitativo para todas las partes que forman y transforman la sociedad. Ese vacío es llenado, con esfuerzo titánico y recursos escasos, por un quehacer cultural y cívico asumido por comunidades, gestores y artistas con su “arte de bregar” (Díaz). Desde la diáspora, ponentes como Ángel Antonio Ruiz y Elsa Mosquera destacaron la lucha paralela por visibilizar y preservar la gesta cultural puertorriqueña en un contexto político y económico en Estados Unidos que constantemente condiciona y desafía la proclamación de un sentido identitario coherente.
Escuché a Sonya Canetti, de Humanidades Puerto Rico, afirmar con creatividad combativa: “Nunca paramos”, resumiendo la resistencia perpetua del sector. Escuché a Quintín Rivera Toro llamar “anárquico”, con un tono entre orgulloso y anecdótico, a Urbe a Pie, su proyecto de revitalización comunitaria en Caguas. También escuché la sencilla y poderosa fórmula del equipo de Loíza Vive: “lo vamos haciendo en comunidad”. Cada frase formó parte de un mismo relato hilvanado a mano y día a día: el de una gestión cultural que es, en esencia, una apuesta continua por la mejor realidad social que se sigue imaginando.
Entre las fibras de enea que Joma trenzó día tras día en el tiempo/espacio del encuentro, algo en común parecía gestarse, hacerse tangible. No era un manifiesto definitivo, sino un boceto; no una conclusión, sino un entramado. La cultura, como afirma Vich, es precisamente “aquel agente que establece y regula la forma en que se practican las relaciones sociales”: esas que mantenemos a diario y las que se extienden a través de los vínculos que nuestra propia agencia traza. En ese tejido de relaciones nos encontramos y desencontramos, transformamos sentidos y negociamos prácticas. Es un proceso nunca terminado, un constante devenir que el pensador cubano Fernando Ortiz conceptualizó brillantemente como el ciclo de la transculturación: ajuste, desajuste, reajuste (Ortiz). En cada encuentro, el telar del ciclo se pone en marcha. Ahora, siendo cónsona con la obra de la artista, que convirtió un acto de sobrevivencia en un ritual y una materia prima en un símbolo de encuentro, solo resta preguntar, considerando que el arte de hacerse preguntas es el derecho cultural fundamental:
¿Nos trenzamos?
¿Hacemos cabuya?

Jomary Ortega y la Dra. Mareia Quintero junto al equipo de estudiantes becarixs de la Mellon Foundation, quienes organizaron el Encuentro. Aquí la obra, resultado de la residencia, que se conserva y exhibe en la oficina de MAGAC, Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Imagen: Pedro Reina.
References
Bauman, Z. 2004. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
—. 2017. Amor líquido. EFE.
Beck, U. 2008. La sociedad del riesgo mundial . Ediciones Paidós.
Díaz Quiñones, A. 2000. El arte de bregar. Ediciones Callejón.
Goffman, E. 2012. La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu.
—. 1970. Ritual de la interacción. Tiempo Contemporáneo.
Koselleck, R. 1988. Critique and Crisis: Enlightenment and the Pathogenesis of Modern Societies. MIT Press.
Ortiz, F. 1983. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Editorial de Ciencias Sociales.
Quintero, Á. 1998. Salsa, sabor y control. Sociología de la música tropical. Siglo XXI.
Simmel, G. 2003. Cuestiones fundamentales de sociología. Gedisa.
—. 1986. El individuo y la libertad. Península.
—. 2015. On Individuality and Social Forms. University of Chicago Press.
Todorov, T. 2007. Conquista de América: La cuestión del otro. Siglo XXI.
Vich, V. 2013. “Desculturalizar la cultura.” Latin American Research Review 48 (1): 85–100.
Weber, M. 1969. Basic Concepts in Sociology. Citadel Press.Wolf, M. 1982. Sociología de la vida cotidiana. Cátedra.